Wanda Rijo: la mujer que cambió el peso de las barras por el peso de la gloria eterna

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Por Winston Hernández

San Pedro de Macorís. Hay historias que se cuentan con fechas. Otras con medallas. Y algunas, las más extraordinarias, se escriben con el alma.

La historia de Wanda Rijo pertenece a estas últimas.

Nació en la tierra cálida de San Pedro de Macorís, donde el sol parece entrenar campeones desde la cuna. Allí comenzó el recorrido de una joven que un día desafiaría la gravedad, levantaría más peso que muchas de sus adversarias y colocaría la bandera dominicana en lo más alto del continente.

Antes de convertirse en leyenda, fue una muchacha de sueños enormes y recursos limitados. Aprendió temprano que la gloria no se regala y que cada victoria exige sacrificios invisibles.

Entonces llegaron las pesas.

Y con ellas llegó el destino.

En los Juegos Deportivos Nacionales celebrados en Mao, Wanda comenzó a dejar señales de que no era una atleta común. Las medallas de oro aparecían una tras otra como si estuvieran destinadas a encontrar refugio en su pecho. Más tarde vendrían los campeonatos juveniles, los torneos internacionales y el reconocimiento de una nación que empezaba a descubrir a una gigante.

Pero el año 1999 la esperaba con una cita histórica.

En Winnipeg, Canadá, mientras miles de espectadores observaban las competencias, una dominicana escribió una página imborrable. Wanda Rijo conquistó la medalla de oro de los Juegos Panamericanos, convirtiéndose en la primera pesista dominicana en alcanzar semejante hazaña. Aquella tarde no solo levantó hierro; levantó el orgullo de todo un país.

Los aplausos aún resonaban cuando continuó ampliando su legado.

En los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Maracaibo 1998 obtuvo tres medallas de oro y estableció una nueva marca regional al totalizar 195 kilogramos levantados. Su dominio se extendió por toda la región, convirtiéndola en una de las figuras más respetadas de la halterofilia continental.

Luego llegaron los Juegos Olímpicos.

Sydney 2000 la recibió como atleta y también como símbolo nacional. Allí tuvo el honor de portar la bandera dominicana durante la ceremonia inaugural, una responsabilidad reservada para los deportistas más admirados de una delegación. Cuatro años después volvería a representar a la República Dominicana en Atenas 2004, completando dos participaciones olímpicas que consolidaron su nombre entre las grandes del deporte nacional.

Pero Wanda aún tenía una última página dorada reservada para la historia.

Santo Domingo 2003.

Su propia tierra.

Su propia gente.

Su propia bandera.

Allí conquistó nuevamente la medalla de oro panamericana, levantando 107.5 kilogramos en arranque y 130 en envión para un total de 237.5 kilogramos. Aquella actuación la convirtió en la primera mujer dominicana en ganar dos títulos panamericanos consecutivos, una hazaña reservada para los inmortales.

Las estadísticas hablan de más de treinta medallas de oro internacionales, además de preseas de plata y bronce acumuladas durante una carrera brillante. Pero los números, por impresionantes que sean, jamás lograrán contar toda la historia.

Porque después de conquistar escenarios deportivos, Wanda encontró una nueva plataforma.

No estaba construida de acero.

No tenía jueces.

No entregaba medallas.

Era un altar.

Tras concluir su carrera deportiva, la mujer que había dedicado gran parte de su vida a levantar pesas decidió levantar algo diferente: un mensaje de fe.

Junto a su esposo, el pastor Argelis Rodríguez, inició un ministerio cristiano dedicado a la enseñanza bíblica, la restauración familiar y la formación espiritual. El aplauso de los estadios fue sustituido por la oración de los templos. Los récords dejaron espacio al servicio. La competencia cedió paso a la misión.

Y aunque cambió el escenario, nunca cambió la disciplina.

La misma determinación que la llevó a convertirse en campeona continental hoy la impulsa a servir a Dios y a orientar vidas.

En 2016, la República Dominicana reconoció oficialmente su grandeza al exaltarla al Pabellón de la Fama del Deporte Dominicano, inmortalizando una carrera que había llenado de orgullo al país durante décadas.

Sin embargo, quienes conocen su historia aseguran que Wanda no habla de medallas cuando cuenta su testimonio.

Habla de propósito.

Habla de gratitud.

Habla de fe.

Porque la mujer que un día cargó sobre sus hombros el peso de una nación descubrió que existen victorias más grandes que las olímpicas y trofeos más valiosos que el oro.

Y así continúa caminando.

Entre recuerdos de campeona y convicciones de creyente.

Entre la historia y la eternidad.

Entre las pesas que la hicieron famosa y el altar que le dio un nuevo propósito.

Wanda Rijo sigue levantando vidas.

Y quizás esa sea la más grande de todas sus medallas.

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