Por Martín Castillo
Desde muy joven sentí una profunda admiración por la comunicación y por aquellas personas que, con un micrófono en la mano y una voz firme, tenían la capacidad de transmitir un mensaje capaz de llegar a toda una sociedad. Mi vocación nació, en gran medida, inspirada por comunicadores y periodistas de mi barrio, Villa Rosa, entre ellos Apolinar García, Gregorio Pichardo y Nelson Holguín, así como por otros profesionales que, de una manera u otra, dejaron huellas importantes en mi formación.
Recuerdo con especial emoción la primera vez que entré a una cabina de radio. Fue en Radio Novedades, un lugar que para mí representaba mucho más que una emisora: era la puerta de entrada a un mundo que había despertado mi curiosidad y que, desde aquel momento, se convirtió en una pasión que todavía permanece intacta.
En aquella ocasión, Winston Hernández realizó la presentación del primer tema de Omega en la radio, grabado por quien escribe. Aquella experiencia, junto con esos primeros pasos en el mundo de la comunicación, quedó grabada para siempre en mi memoria y contribuyó a fortalecer una vocación que, con el paso de los años, se convertiría en parte fundamental de mi vida.
Eran tiempos en los que, desde mi perspectiva, la comunicación se ejercía con un profundo sentido de seriedad y responsabilidad. La palabra tenía peso. Lo que decía un periodista o comunicador podía influir en la opinión de una comunidad y, precisamente por ese poder, existía la obligación moral de actuar con responsabilidad, respeto y apego a la verdad.
Con el transcurrir de los años he sido testigo de las profundas transformaciones que ha experimentado la comunicación. Muchas han sido positivas: la tecnología ha democratizado el acceso a la información y ha permitido que una noticia pueda recorrer el mundo en cuestión de segundos. Sin embargo, esa misma evolución también ha traído consigo prácticas que deberían preocuparnos.
Resulta lamentable observar cómo algunas personas han terminado colocando su opinión al servicio de intereses económicos o particulares, relegando los principios que deberían constituir la esencia del ejercicio periodístico.
Y es precisamente ahí donde surge una pregunta necesaria: ¿cuánto puede pesar la pluma de un periodista cuando su conciencia tiene precio?
La pluma, el micrófono y la cámara jamás deberían convertirse en instrumentos para comercializar la conciencia. Quien asume la responsabilidad de comunicar también adquiere un compromiso con la sociedad. Cada palabra pronunciada, cada información publicada y cada opinión emitida puede tener consecuencias.
La credibilidad no se compra ni se improvisa. Se construye lentamente, durante años de trabajo, sacrificios, coherencia, responsabilidad y respeto por la verdad. Sin embargo, aquello que tomó décadas construir puede derrumbarse en cuestión de minutos cuando los intereses personales terminan imponiéndose sobre los principios.
El verdadero peso de la pluma periodística no debería medirse por cuánto dinero puede generar una opinión ni por los beneficios que pueda obtener quien la emite. Su verdadero valor radica en la capacidad de aportar a la sociedad, denunciar aquello que está mal, orientar responsablemente y contribuir a que los ciudadanos comprendan mejor la realidad que los rodea.
La comunicación debe servir para informar, orientar y ayudar. Debe ser una herramienta para construir y no para destruir; para buscar y defender la verdad, no para acomodarla según las circunstancias o los intereses de determinados sectores.
Un periodista o comunicador puede equivocarse. Somos seres humanos y estamos expuestos al error. Lo que nunca debería hacer es convertir deliberadamente su palabra en una mercancía disponible para quien esté dispuesto a pagar por ella.
No podemos pretender ejercer una comunicación responsable cuando hoy defendemos una posición y mañana sostenemos exactamente lo contrario únicamente porque cambiaron nuestros intereses. La independencia de criterio constituye uno de los principales patrimonios de quien vive de su palabra.
Después de tantos años vinculado a la comunicación, sigo convencido de que vale la pena preservar los principios. Mantenerlos puede ser difícil. Puede generar incomodidades, provocar críticas e incluso cerrar algunas puertas. Pero ninguna oportunidad económica debería tener mayor valor que la dignidad profesional y la tranquilidad de poder mirar a la sociedad de frente.
Porque cuando un comunicador pierde su credibilidad no pierde simplemente una opinión, una audiencia o un espacio en los medios. Pierde la confianza de quienes durante años creyeron en su palabra. Y la confianza, una vez destruida, puede resultar extremadamente difícil de recuperar.
La pluma pesa porque detrás de cada palabra existe una responsabilidad. El micrófono pesa porque detrás de cada declaración hay personas escuchando. La cámara pesa porque detrás de cada imagen existe una realidad que puede impactar la percepción de miles de ciudadanos.
Ese es el verdadero poder de la comunicación y, al mismo tiempo, su mayor responsabilidad.
Quienes hemos escogido este oficio debemos recordar que nuestra principal riqueza no está en aquello que podamos obtener utilizando nuestra influencia, sino en la confianza que la sociedad deposita en nuestra palabra.
El dinero puede comprar espacios, publicidad e incluso voluntades. Lo que nunca debería poder comprar es la conciencia de quien tiene la responsabilidad de informar.
Porque una pluma puede escribir muchas historias, pero cuando se utiliza para servir deliberadamente a intereses particulares termina escribiendo también la historia de quien la sostiene.
La credibilidad tiene un valor. La dignidad también.
La conciencia no debería estar en venta.